El 11 de marzo de 2026, “se han cumplido” 42 años la primera invernal de la Vía de los Burgaleses en la cara Noreste de Curavacas, realizada el 11 de marzo de 1984 por Alberto Poncio, Cesar Tome y un servidor. La primera ascensión estival había sido realizada 11 años antes, el 18 de agosto de 1973, por los burgaleses Carlos Sainz Varona y «Chin».
Hace unos días haciendo limpieza por casa, apareció una vieja revista; el número 1 de la revista Pañahorada editada en su momento por el Club Alpino Burgalés. En ella, figura el artículo que escribí en su día sobre esta primera invernal cuando yo tenía 23 añitos.
No os quiero aburrir pero me he atrevido a transcribir literalmente dicho artículo acompañado de varias fotos -diapositivas en su día- de aquella “aventura”.
Después de 42 años, la verdad es que al leer el texto, me salen un poco los colores, pero hay que ponerse en situación y retroceder ese montón de años, cuando el sexo era seguro y la montaña peligrosa.
Primera invernal a la “Vía de los Burgaleses” en Curavacas.
Publicado en la revista Pañahorada, del club Alpino Burgalés. Núm.. 1 – 1984
Una de las frases más bonitas que he oído para definir a los montañeros es “Conquistadores de lo inútil”, y eso es precisamente lo que me pregunto yo ahora en esta pequeña plataforma llena de nieve. Si todo esto es realmente inútil o merece la pena.
Pero todo empezó antes, mucho antes. Hace cuatro inviernos, cuando después de hacer junto a mi compañero Aspi, la primera invernal del espolón Norte del Espigüete, pensamos que la siguiente que debíamos intentar seria la Vía de los Burgaleses en Curavacas, que tampoco estaba hecha en invierno.
Aquel mismo invierno, un sábado subimos a dormir al Collado del Hospital y el domingo con un tiempo esplendido tuvimos que renunciar en la misma base de la pared dada la malísima calidad de la nieve.
Al verano siguiente Aspi la hizo junto con Zarza, lo cual le sirvió para conocer la vía, pero el reto del invierno seguía en pie.
En el invierno del 81 de nuevo lo intentamos. Esta vez estaban junto a nosotros dos, Alberto poncio y Cesar Tome, pero otra vez la fatalidad estaba con nosotros y no conseguimos ni acercarnos a la vía, pues durmiendo en el collado nos cayó una buena nevada y tuvimos que bajar empapados y desilusionados.
Después de aquella intentona no volvimos hasta este febrero pasado. De nuevo los cuatro del último intento y otra vez fracaso en el vivac en el mismo collado, aunque esta fue peor, pues en lugar de una nevada los que nos pillo fue una tormenta en toda regla.
Pero dicen que el que la sigue la consigue, y el pasado día 10 de febrero, salimos de Palencia dispuestos a intentarlo una vez más. Ahora sin Aspi en el grupo.
Por la tarde subimos al Collado del Hospital, donde dormimos en una noche fría y rasa. Parece que esta vez el tiempo no nos va a jugar una mala pasada.
Nos levantamos a las cuatro de la mañana, y a las cinco ya estamos bajando por las pendientes del Hoyo Muerto. La nieve esta helada, pero muy suelta y profunda, pues se ha helado nada más caer y no ha dado tiempo a que se apelmace y endurezca.
Bordeamos el escudo y llegamos al pie de la pared justo cuando la empiezan a iluminar los primeros rayos de sol. Todo parece apuntar a que va a ser un día esplendido.
Encima de una piedra procedemos a las maniobras mil veces repetidas y mil veces emocionantes: ponerse el boudrier, el casco, colgarse el material, encordarse….
Por fin los tres estamos dispuestos. Miramos por última vez la pared desde lejos y digo a mis compañeros: “Adelante, comienza en espectáculo”
Es cesar el que se da el primer largo de la rampa, y de otro largo Alberto y yo llegamos a la terraza inclinada. Esta rampa, en verano fácil, ahora resulta realmente complicada, pues llambrias están recubiertas por una capa de nieve blanda, suficientemente gruesa para tapar todas las presas, pero insuficiente para subir solo por la nieve con piolet y crampones. Aquí es donde empieza la vía de los Burgaleses.
En la ficha, el primer largo lo define como una canal vertical que acaba en la base de un diedro, pero ahora está todo tan lleno de nieve, y tan confuso que nos cuesta dos largos llegar a dicho diedro. Primero subimos por unas gradas en vertical, y luego en diagonal a la derecha por una vira, que al irse estrechando nos hace dar un par de pasos que con estas mochilas son de infarto. Además, a pesar del intensísimo frío, nos tenemos que quitar los guantes varias veces lo que nos hace perder muchísimo tiempo.
El siguiente largo continúa por una rampa de nieve y luego por una canal con bloques, y por fin llegamos a la base del diedro, donde encontramos una vieja clavija, la cual nos confirma que vamos bien. A partir de aquí ya todo se parece más a la descripción de la Guía del Alto Carrión.
Primero con una pequeña travesía nos metemos en el diedro, para luego subir directamente por él. El diedro en sí no es muy difícil, pero desemboca en una terraza llena de nieve inestable por la que tenemos que atravesar a la izquierda. Todos estos pasos de roca a nieve, y de nieve a roca aumentan mucho la dificultad de la escalada.
De esta terraza hay que destrepar un poco y luego subir unos metros hasta una diminuta repisa, donde como no cabemos los tres, me toca estar, ni se sabe el tiempo, unos metros más abajo agarrado a una piedra.
Por fin cesar empieza a escalar y yo subo a la repisa, pero cual es mi sorpresa, cuando veo que aquí estoy casi peor que abajo. Alberto, por lo menos está ocupado en asegurar, pero yo lo único que hago es tiritar y maldecir a Cesar por ir tan despacio, pero realmente donde esta no se puede ir más deprisa. Está subiendo por una placa ligeramente desplomada. Por fin llega a un taco donde hay que hacer la travesía para meterse en la chimenea. El taco está podrido y lo saca con la mano, así que prefiere meter un empotrador. Por fin se decide a dar el paso y gracias a su habilidad y a sus 1,95 metros de altura, consigue meterse en la chimenea sin demasiada dificultad y a fuerza de arrastrarse por ella llega a un resalte donde le perdemos de vista.
Por la cuerda sabemos que sigue avanzando lentamente, y de vez en cuando nos ducha con una catarata de nieve que se nos mete por todos los sitios y nos hiela aún más.
El tiempo se nos hace eterno y yo ya no siento los dedos, de estar en esta postura tan incomoda, agarrado a un bloque de hielo.
Por fin nos grita que ya ha salido de la vía. Los dos abajo pensamos: menos mal que nos hemos dado en un largo lo que en la guía son dos, pues otra reunión como esta y nos sacan en un bloque de hielo.
Alberto es el siguiente en subir, así que me tocara estar otro rato aquí, aunque ya un poco más cómodo. Sube algo más rápido, pero una vez en la chimenea intenta colgarse la mochila por debajo de él, pero sin saber por qué, se le escapa y pasa zumbando a mi lado precipitándose en la Pedrera Pindia. Miro hacia arriba y no le veo, pero sé que está bien, pues le oigo jurar en varios idiomas. El resto de la chimenea la supera a toda velocidad, pues sin mochila que le estorbe, sube divinamente.
Por fin me toca subir a mí, y cuando salgo de la reunión no siento los dedos de las manos. A pesar de todo, subo la placa, pero en la travesía me fallan las fuerzas y por una vez consigo restablecerme, pero la siguiente me caigo, haciendo un péndulo que me mete en la chimenea, por la cual después de mucho resoplido y esfuerzo llego a donde están mis compañeros.
Hemos tardado siete horas en hacer la vía, un compañero ha perdido la mochila (la recupero al día siguiente con algún desperfecto), y a mí me ha costado principios de congelación en siete dedos de las manos.
Se que muchas personas dirán que ha sido inútil y preguntaran: ¿Por qué?, pero otros imaginando la respuesta preferirán no preguntar.
NOTAS DE LA ACTUALIDAD.
Despues de que hace unos dias se realizara una repetición de esta ruta por German y Juan, alguien me preguntaba porque subíamos a vivaquear al Collado del Hospital pudiendo hacerse en el día…
Respuesta:
Habría que analizar cómo ha cambiado el alpinismo en estos años. Antes el subir en el día para hacer una ruta de la cara Noreste, parecía inviable, pero hay que tener en cuenta que solamente el llegar a Curavacas suponía toda una aventura. Como ejemplo, el día que hicimos esa primera invernal, llegamos hasta vidrieros los tres en un Mini de 850 CC. que tenía yo, matrícula de Tenerife y octava mano. No tenía calefacción así que imaginaros el frio que pasábamos. Llegando a Vidrieros nos dimos cuenta que fallaban los frenos y el regreso Cesar y yo (Alberto se quedó para recuperar la mochila que se le había caído), lo hicimos sin frenos desde Vidrieros hasta Palencia. Al final sin novedad, pero con más miedo que vergüenza. Alberto al día siguiente recuperó la mochila en la pedrera y el panadero le acerco de Vidrieros hasta Cervera y de alli en el coche de línea hasta Palencia. Diréis que como le dejamos solo, pero nosotros trabajábamos al día siguiente y no podíamos faltar. No había móviles.
Tampoco había previsión meteorológica y salíamos de casa sin saber nada de la meteo ni de las condiciones de la montaña ni la nieve. Simplemente salíamos, y claro, la mitad de las veces volvíamos a casa con las manos vacías y mojados como perros.
Con todos esos condicionantes lo habitual en aquella época era vivaquear. En la actualidad siempre lo hago de tirón desde el pueblo y ahora es lo normal.
En la actualidad salimos de casa sabiendo casi con certeza como va a hacer y las condiciones de la montaña. Llegamos en coches estupendos, calentitos y el material ni te cuento la diferencia.
De todas formas algunas veces echo de menos esa incertidumbre y aquellos vivac fríos y húmedos, aunque posiblemente lo que añore sea la juventud de aquellos dias.
En la foto del vivac, los sacos ya son de plumas -cuatro dias antes solo teníamos de fibra-, pero la funda vivac no se había inventado para nosotros.

















