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Expedicion al K2 de 2004
Última actualización 12 Agosto, 2004 [Visitas: 985]

Ocho mil seiscientos dieciséis vertiginosos metros... Una pirámide gigantesca; la más grande y la más alta de la Tierra.

 

Un fantástico monumento emergiendo del caos geológico, hecho sólo con nieve, roca y hielo. Eso es el K2. Un mundo diferente y escondido. Tan oculto que para admirarlo de cerca es preciso afrontar muchos días de larga y penosa marcha.



Reinando desde la misma bóveda del Gran Karakorum, este mastodonte paquistaní juega desde hace más de un siglo un papel de primer orden en la historia del himalayismo. El K2 es un potente imán y como tal concentra sobre sí los sueños de muchas generaciones de alpinistas. Y así ha puesto en movimiento inmensas caravanas de hombres, retando a sus escaladores a luchar hasta el último aliento.


Del K2 emana algo inquietante y extraño que se percibe de forma tangible e inmediata. La colosal pirámide no posee la dulzura de las montañas nepalíes, ni es el reino de una diosa; tampoco es la montaña madre...


No se yergue sobre la llanura; emerge poderosamente sobre grandes ríos de hielo y una selva de cimas de diferente   altura, muchas de ellas aún sin nombre.


El K2 es prepotente, cargado de una energía   particular que vibra en el aire con insistencia. Su   belleza no tiene nada de idílica o relajante; se   muestra dura y desgarradora. Su fascinación destila en quien lo admira una sutil angustia... Es un pico majestuoso y despiadado. Pero el K2 es también un preludio de infinito, una promesa de absoluto. Un mensaje mudo y recóndito que él mismo entrega a todo el que captura...


Así es el K2. Una realidad que ha sido capaz de   transformar la imaginación colectiva de toda una época. Porque también los monumentos de la   naturaleza pueden llegar a ser patrimonio inalienable de nuestra cultura, desde el instante mágico en que se convierten en verdaderos símbolos.



Del libro "K2, desafío en los confines del cielo" Roberto Mantovani y Kurt Diemberger.

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