Ocho mil seiscientos dieciséis vertiginosos metros... Una
pirámide gigantesca; la más grande y la más
alta de la Tierra.
Un fantástico monumento emergiendo
del caos geológico, hecho sólo con nieve, roca
y hielo. Eso es el K2. Un mundo diferente y escondido. Tan oculto
que para admirarlo de cerca es preciso afrontar muchos días
de larga y penosa marcha.

Reinando desde la misma bóveda del Gran Karakorum, este mastodonte
paquistaní juega desde hace más de un siglo un
papel de primer orden en la historia del himalayismo. El K2
es un potente imán y como tal concentra sobre sí
los sueños de muchas generaciones de alpinistas. Y así
ha puesto en movimiento inmensas caravanas de hombres, retando
a sus escaladores a luchar hasta el último aliento.
Del K2 emana algo inquietante y extraño que se percibe de
forma tangible e inmediata. La colosal pirámide no posee
la dulzura de las montañas nepalíes, ni
es el reino de una diosa; tampoco es la montaña madre...
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No se yergue sobre la llanura; emerge poderosamente sobre grandes
ríos de hielo y una selva de cimas de diferente
altura, muchas de ellas aún sin nombre.
El K2 es prepotente, cargado de una energía particular
que vibra en el aire con insistencia. Su belleza
no tiene nada de idílica o relajante; se muestra
dura y desgarradora. Su fascinación destila en quien
lo admira una sutil angustia... Es un pico majestuoso y
despiadado. Pero el K2 es también un preludio de
infinito, una promesa de absoluto. Un mensaje mudo y recóndito
que él mismo entrega a todo el que captura...
Así es el K2. Una realidad que ha sido capaz de transformar
la imaginación colectiva de toda una época.
Porque también los monumentos de la naturaleza
pueden llegar a ser patrimonio inalienable de nuestra cultura,
desde el instante mágico en que se convierten en
verdaderos símbolos.

Del libro "K2, desafío en los confines del cielo"
Roberto Mantovani y Kurt Diemberger.
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